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miércoles, agosto 06, 2008
viernes, julio 27, 2007
El guapo, de Evaristo Carriego
Borges cita una descripción de Carriego de un tal Giusti: Magro poeta de ojitos hurgadores, siempre trajeado de negro, que vivía en el arrabal.
Y del poema (publicado abajo), resalta este pasaje "de poderío erótico":
caprichos de hembra que tuvo la daga.


La cara de un amigo

Soy de la idea de no innovar en literatura. Hay que seguir la "línea Borges", sin desconocer el trabajo que se tomó.
Descubrió a Carriego y nos adviritió qué ignorar de Carriego. Y tenía razón!
Siento que lo quiero como a uno más de ustedes, y que podría entrar por esta puerta en cualquier momento. Y no tengo miedo de sonar fanático, al contrario, siento felicidad en mi fanatismo.
Pocas cosas son más divertidas que leer a Borges.
viernes, julio 06, 2007
La casa de Colodrero
Dirección: Calle Díaz Colodrero 3272 (e/Iberá y Tamborini)
Villa Urquiza
Colectivos: 71, 112, 140 y 176
Tren: Línea Mitre estación Gral. Urquiza
Villa Urquiza
Colectivos: 71, 112, 140 y 176
Tren: Línea Mitre estación Gral. Urquiza



domingo, junio 03, 2007
Prima Fila. Tutti fatto in casa

Comida mediterránea en un ambiente sobrio, elaborada de principio a fin en la cocina del experimentado chef Leandro Varela.
El lugar. Desde la galería del Buenos Aires Design (más allá están las terrazas) no se alcanza a ver lo amplio del lugar (tiene 320 plazas), así que vale la pena animarse y entrar. El ambiente es moderno, con originales detalles de vitrofusión en las lámparas que dan luz difusa y en los respaldos de los boxes que aportan intimidad. La cocina (mucho acero inoxidable) es enorme y está totalmente a la vista. Destaca el horno pizzero revestido en adoquines.Aquí escribes el contenido.
Los responsables. Al chef Leandro Varela (31 años) lo convocaron aún antes de la inauguración, hace 3 años. “Pude armar la cocina en base a mi propias ideas”, cuenta. De padres panaderos y con experiencia internacional en lugares como Nueva York, Sudáfrica y Las Leñas, este egresado del IAG (Instituto Argentino de Gastronomía) lidera un equipo de 21 personas, para dar vida a una carta con fuerte influencia mediterránea. “Hacemos todo acá –dice-, la panificación completa (masas, pastas y panes), los dulces, los tomates secos confitados y hasta el ahumado de pescados y quesos”.
Las bebidas. “La carta de vinos es práctica, familiar para la gente, porque vender etiquetas desconocidas nos resulta muy costoso. Quisimos ir a lo seguro”. Así la describe Sergio Sánchez, flamante Gerente. Si bien la franja de precios es amplia, entre los $40 y los $110, los vinos más consumidos están entre los $60 y los $80.
El plato. En el rubro Griglia e specialitá, el Agnello in due cotture, cordero en dos cocciones, sellado y braseado, en compañía de triangulo crocante de acelga, alcauciles y ricota de cabra, ($24). Y dentro del género La Pasta, los Ravioli zia giusseppina, rellenos de borraja, espinaca y sesos, servidos con tomate fresco y albahaca ($25). Ambos asombrosos.
La carta. Muy amplia, con más de 70 platos y un sesgo especial hacia las pastas caseras y los risottos. Los cambios estacionales (invierno/verano) afectas más que nada a las guarniciones.
Los maridajes. Con un Sauvignon Blanc de El Portillo y un Torrontés Don David de bodega El Esteco (Cafayate, Salta), acompañamos el Antipasti de Salmón affumicato, salmón ahumado en casa sobre tostada de focaccia con hojas verdes agridulces ($28), y Compressione di melazane, tibia de berenjenas, queso de cabra, tomates secos, espinaca y hongos ($16). Fielmente acompañó la pasta un Malbec, también Don David.
Especial si lo que se busca es la comodidad de un lugar amplio y platos italianos que, aunque clásicos, llevan una interesante impronta de buen gusto aportada por Varela.
Av. Pueyrredón 2501
Terrazas del Design, Recoleta
4804-0055
www.primafilaristorante.com.ar
Horario: todos los días desde las 12hs.
Tarjetas: principalesOtros: estacionamiento, mesas aire libre, zona Wi-Fi, menús especiales eventos (corporativos, cumpleaños, casamientos).
domingo, febrero 04, 2007
Anticuarios porteños

El mapa del anticuariado porteño es extenso en geografía y variado en estilos. Los negocios clásicos y con mayor trayectoria estuvieron históricamente en la zona denominada “del centro”, esto es en los barrios de Retiro, Recoleta y Barrio Norte. Son los locales anteriores al inicio del furor de la actividad ligada al turismo a principios de los años 80. “En el centro trabajaban con el público interno incluso antes del nacimiento de la Feria de Plaza Dorrego”, dice Juan Carlos Maugeri desde su local repleto de arañas ubicado en el extremo sur de la ciudad.
Además de ser el propietario de Arte Antica, Maugeri es el Presidente de la Asociación Anticuarios y Amigos de San Telmo. “En esa época el turismo era casi nulo”, recuerda. En el norte, más allá de los límites formales de Capital Federal, hay un tercer polo concentrado en la localidad de Acassuso, con una media docena de anticuarios, y en menor medida en Martínez, Olivos y San Isidro.
A su vez, en cada una de las 3 zonas hay una calle que concentra buen número de negocios y genera un microclima. En el norte un tramo de Avenida del Libertador al 15.300; en el centro ese codo afrancesado que hace la calle Arrollo entre Carlos Pellegrini y Esmeralda; y en el sur la calle Defensa desde el Parque Lezama hasta Avenida Belgrano. “Pero en ningún lado se da la masividad que tenemos en San Telmo”, cuenta Maugeri.
Mientras en el centro hay que tocar el timbre y esperar a ser atendido mientras en la vidriera descansan los objetos bien expuestos, en el sur se vive un clima de feria popular, nadie quiere irse con las manos vacías. “Con el turismo, en el sur surgieron temáticas más dirigidas al comprador externo –continúa Maugeri-, cosas más barrocas, en cambio el gusto argentino siempre fue el mueble inglés u holandés, más sobrio y despojado, más tranquilo”.
Testigos de la historia
Los dicho hasta ahora son sólo pinceladas, en San Telmo también hay locales elegantes orientados al mueble de época, pero lo cierto es que en gran parte de los 350 puntos de venta registrados por la Asociación, o en los 270 puestos que se suman cada domingo de feria, el concepto de antigüedad se desdibuja hasta incluir cualquier objeto que parezca de otro tiempo. Frente al cosmopolitismo sureño el centro adscribe a un purismo más estricto, diferencia meticulosamente los conceptos de antigüedad, que refiere a un objeto que tiene 100 años o más, del “de época”, utilizado para nombrar una pieza que es hija de su propio tiempo. “Una cómoda Luis XV hecha en el XIX es antigua –explica Alberto De Caro, de Circe-. Para ser de época tiene que haber sido concebida en el siglo XVIII bajo la vigencia del estilo Luis XV”.
Circe está sobre Libertad al 1300, su enfoque son muebles de los movimientos estilísticos del XVIII y XIX, con especial acento hacia el norte y centro de Europa. Además buscan jerarquizar la madera y la arquitectura del objeto. “Que puedan convivir con cosas contemporáneas”, explica De Caro. Junto a su socio Enrique Rodríguez Hidalgo cree que poco a poco la gente comprende que el arte y las antigüedades son una buena inversión a largo plazo, sobre todo a partir de la crisis de 2001, que según ellos dejó en evidencia el escaso valor de los papeles. “Más allá del gusto de disfrutarlas en su casa, la gente descubre que las antigüedades sostienen o incrementan su valor, siempre y cuando el objeto sea original”.
Visto así, las piezas tienen un valor estético o decorativo y otro, más profundo, que le da el hecho se ser un testigo histórico y que marca frente a la copia una diferencia sólo visible a los ojos del conocedor.
En Della Signoría, sobre calle Arroyo, los socios Jorge Cifré y Patricio Ferrari Walker consideran que la base del anticuario es un conocimiento consolidado durante muchos años. “Ver, ver y ver”, exclama Cifré. Para seleccionar las adquisiciones ante todo debe gustarles el objeto. “Recién después nos fijamos en la veracidad de lo que estamos viendo, si es de época o no. Hoy pretender que todo sea de época en Argentina es muy difícil”, admite.
Para De Caro toda adquisición se rige también por el acuerdo inicial con su socio. “Este negocio es personalísimo, más para comprar que para vender –comenta Maugeri-, el anticuario jamás podría delegar la compra”. En todos los casos la ciudad de Buenos Aires es la fuente casi excluyente de piezas o “lotes”, como técnicamente las llama el ambiente.
En cuanto a la demanda, Della Signoría sintió el impacto del público extranjero recién a partir de 2005. “En el 2002 hubo una gran purificación de anticuarios porque ese primer turismo no era comprador. El que viene a conocer el país porque está barato no se va con la cómoda abajo del brazo, viaja a probar la carne, a tomar vino y a comprar ropa. Aunque el que viene a comprar antigüedades es otro público, muchos creen que están baratas como la carne y se llevan una sorpresa. A nivel internacional Argentina tiene un techo en sus valores. Acá es muy barato lo muy bueno, y es caro lo medio. Nadie está dispuesto a pagar 300 mil dólares por una cómodo, aunque sea un mueble firmado de época”.
Por su lado Cifré pone pocas esperanzas en el interés de los jóvenes argentinos por las antigüedades, cree que sus prioridades hoy son otras, “la gente recibe menos en sus casas”, dice. En cambio De Caro apuesta unas fichas a ese tipo de público. “Hay una corriente nueva que entiende la antigüedad como inversión, empresarios y matrimonios jóvenes que empiezan con pequeñas cosas. Se da cuando entienden que ir más allá de lo estético es apasionante, porque el anticuario les pasa un pedacito de historia y es su responsabilidad mantenerla viva”.
Mientras De Caro confirma que la repercusión de la devaluación cambiaria y el turismo en su local fueron mínimos, en San Telmo insisten: los jóvenes y los turistas son el motor que hace funcionar gran parte del negocio. Maugeri recuerda que antes de la llegada de los extranjeros, a mediados de los 70, en la zona sur había sólo 14 anticuarios. “El crecimiento geométrico se dio con la última devaluación, las convertibilidad nos dejaba muy afuera del mercado internacional, éramos demasiado caros”.
El otro gran cambio del negocio fue la diversificación. “Cuando empecé las arañas con plafón central de alabastro se descartaban por su oscuridad y porque se las relacionaba con los abuelazgos –dice Maugeri-, pero avanzados los 80 el alabastro volvió a ser auge. Los coleccionables que ahora están de moda surgieron con fuerza en los últimos 18 años. Durante una época los brasileros llevaban metales plateados, juegos de té, de cubiertos, jarras, palanganas, cosas doradas, un tipo de mercadería que hoy se trabaja mucho menos”.
La unión hace a la fuerza
La Asociación de Anticuarios y Amigos de San Telmo se fundó en marzo del 2000. “Esperamos 30 años para juntarnos”, bromea Maugeri. Poco a poco la organización logró integrar a otros sectores como las tanguerías, las artesanías y la restauración de objetos. Hoy tiene registradas 80 especialidades y lleva adelante una serie de actividades para promocionar y difundir el sector. En colaboración con la consultora Pichón Riviere y Días Bobillo organiza la exposición internacional de arte y antigüedades Anticuaria, que en noviembre del año pasado cumplió su secta edición. Además, imprime una guía anual para que los socios entreguen a sus clientes, en la que incluyen detalles del perfil de cada uno.
Otro activo polo que busca dar a conocer el mundo de las antigüedades es la Asociación Amigos del Museo Nacional de Arte Decorativo, que tomó la posta en la organización de la Feria de Anticuarios que históricamente organizó la Asociación de Amigos del Museo de Bellas Artes en el Hotel Alvear de Buenos Aires. La edición 2005 de esta otra feria se hizo durante el mes de setiembre en el Palais de Glace y la próxima está proyectada para el 2007. Una de sus características es que sólo participan aquellos anticuarios invitados por un comité de expertos designado por la Asociación. De esta forma, en los últimos años la actividad se nutrió de dos eventos anuales de importancia internacional.
Si bien para todo anticuario las ferias y exposiciones implican un esfuerzo logístico importante, existe amplia coincidencia sobre sus beneficios. “Son representativas de nuestro tiempo –dice Alberto De Caro-, muy útiles para el público porque es difícil que alguien pueda ver 40 o 50 anticuarios en un solo día”.
Otro de los servicios de estas organizaciones es agilizar el acceso de sus socios a Internet, una herramienta que en la última época cambió profundamente el trabajo de los anticuarios. Por un lado, el acceso a información para estar actualizado o hacer interconsultas ante alguna duda: “estás conectado con el mundo –dice De Caro-, podés entrar a la colección del Louvre en menos de cinco minutos”. Y por otro, como plataforma comercial. “Lo llamamos la vidriera virtual –dice Maugeri-. Difícilmente se realice una venta porque las antigüedades hay que verlas, pero cada vez más las personas hacen la búsqueda y la preseleccción on-line y después visitan los negocios puntualmente”.
La gente de San Telmo implementó una página con mini sitios internos que permite a los socios colocar fotos y descripciones bilingües de sus productos. “Estamos primeros en Google”, dice Maugeri con orgullo. Lograr que justamente los anticuarios se animen a tomar las riendas de una computadora no fue fácil, pero algunos ya se compraron una cámara digital. “Sé que fotografiar una lámpara no es fácil –dice-, pero los más exquisitos contratarán un fotógrafo”.
Entre los anticuarios hay un sentimiento común, ajeno a las diferencias entre los barrios y los estilos, que es el de la pasión por entender el misterio de los objetos, la expectativa de algún día encontrar un lote maravilloso en un desván y el ambiguo sentimiento de vacío y felicidad que sienten cuando venden una pieza que recaló varios meses en el local. Lo dicen todos: el oficio requiere sensibilidad y conocimiento.
Además de ser el propietario de Arte Antica, Maugeri es el Presidente de la Asociación Anticuarios y Amigos de San Telmo. “En esa época el turismo era casi nulo”, recuerda. En el norte, más allá de los límites formales de Capital Federal, hay un tercer polo concentrado en la localidad de Acassuso, con una media docena de anticuarios, y en menor medida en Martínez, Olivos y San Isidro.
A su vez, en cada una de las 3 zonas hay una calle que concentra buen número de negocios y genera un microclima. En el norte un tramo de Avenida del Libertador al 15.300; en el centro ese codo afrancesado que hace la calle Arrollo entre Carlos Pellegrini y Esmeralda; y en el sur la calle Defensa desde el Parque Lezama hasta Avenida Belgrano. “Pero en ningún lado se da la masividad que tenemos en San Telmo”, cuenta Maugeri.
Mientras en el centro hay que tocar el timbre y esperar a ser atendido mientras en la vidriera descansan los objetos bien expuestos, en el sur se vive un clima de feria popular, nadie quiere irse con las manos vacías. “Con el turismo, en el sur surgieron temáticas más dirigidas al comprador externo –continúa Maugeri-, cosas más barrocas, en cambio el gusto argentino siempre fue el mueble inglés u holandés, más sobrio y despojado, más tranquilo”.
Testigos de la historia
Los dicho hasta ahora son sólo pinceladas, en San Telmo también hay locales elegantes orientados al mueble de época, pero lo cierto es que en gran parte de los 350 puntos de venta registrados por la Asociación, o en los 270 puestos que se suman cada domingo de feria, el concepto de antigüedad se desdibuja hasta incluir cualquier objeto que parezca de otro tiempo. Frente al cosmopolitismo sureño el centro adscribe a un purismo más estricto, diferencia meticulosamente los conceptos de antigüedad, que refiere a un objeto que tiene 100 años o más, del “de época”, utilizado para nombrar una pieza que es hija de su propio tiempo. “Una cómoda Luis XV hecha en el XIX es antigua –explica Alberto De Caro, de Circe-. Para ser de época tiene que haber sido concebida en el siglo XVIII bajo la vigencia del estilo Luis XV”.
Circe está sobre Libertad al 1300, su enfoque son muebles de los movimientos estilísticos del XVIII y XIX, con especial acento hacia el norte y centro de Europa. Además buscan jerarquizar la madera y la arquitectura del objeto. “Que puedan convivir con cosas contemporáneas”, explica De Caro. Junto a su socio Enrique Rodríguez Hidalgo cree que poco a poco la gente comprende que el arte y las antigüedades son una buena inversión a largo plazo, sobre todo a partir de la crisis de 2001, que según ellos dejó en evidencia el escaso valor de los papeles. “Más allá del gusto de disfrutarlas en su casa, la gente descubre que las antigüedades sostienen o incrementan su valor, siempre y cuando el objeto sea original”.
Visto así, las piezas tienen un valor estético o decorativo y otro, más profundo, que le da el hecho se ser un testigo histórico y que marca frente a la copia una diferencia sólo visible a los ojos del conocedor.
En Della Signoría, sobre calle Arroyo, los socios Jorge Cifré y Patricio Ferrari Walker consideran que la base del anticuario es un conocimiento consolidado durante muchos años. “Ver, ver y ver”, exclama Cifré. Para seleccionar las adquisiciones ante todo debe gustarles el objeto. “Recién después nos fijamos en la veracidad de lo que estamos viendo, si es de época o no. Hoy pretender que todo sea de época en Argentina es muy difícil”, admite.
Para De Caro toda adquisición se rige también por el acuerdo inicial con su socio. “Este negocio es personalísimo, más para comprar que para vender –comenta Maugeri-, el anticuario jamás podría delegar la compra”. En todos los casos la ciudad de Buenos Aires es la fuente casi excluyente de piezas o “lotes”, como técnicamente las llama el ambiente.
En cuanto a la demanda, Della Signoría sintió el impacto del público extranjero recién a partir de 2005. “En el 2002 hubo una gran purificación de anticuarios porque ese primer turismo no era comprador. El que viene a conocer el país porque está barato no se va con la cómoda abajo del brazo, viaja a probar la carne, a tomar vino y a comprar ropa. Aunque el que viene a comprar antigüedades es otro público, muchos creen que están baratas como la carne y se llevan una sorpresa. A nivel internacional Argentina tiene un techo en sus valores. Acá es muy barato lo muy bueno, y es caro lo medio. Nadie está dispuesto a pagar 300 mil dólares por una cómodo, aunque sea un mueble firmado de época”.
Por su lado Cifré pone pocas esperanzas en el interés de los jóvenes argentinos por las antigüedades, cree que sus prioridades hoy son otras, “la gente recibe menos en sus casas”, dice. En cambio De Caro apuesta unas fichas a ese tipo de público. “Hay una corriente nueva que entiende la antigüedad como inversión, empresarios y matrimonios jóvenes que empiezan con pequeñas cosas. Se da cuando entienden que ir más allá de lo estético es apasionante, porque el anticuario les pasa un pedacito de historia y es su responsabilidad mantenerla viva”.
Mientras De Caro confirma que la repercusión de la devaluación cambiaria y el turismo en su local fueron mínimos, en San Telmo insisten: los jóvenes y los turistas son el motor que hace funcionar gran parte del negocio. Maugeri recuerda que antes de la llegada de los extranjeros, a mediados de los 70, en la zona sur había sólo 14 anticuarios. “El crecimiento geométrico se dio con la última devaluación, las convertibilidad nos dejaba muy afuera del mercado internacional, éramos demasiado caros”.
El otro gran cambio del negocio fue la diversificación. “Cuando empecé las arañas con plafón central de alabastro se descartaban por su oscuridad y porque se las relacionaba con los abuelazgos –dice Maugeri-, pero avanzados los 80 el alabastro volvió a ser auge. Los coleccionables que ahora están de moda surgieron con fuerza en los últimos 18 años. Durante una época los brasileros llevaban metales plateados, juegos de té, de cubiertos, jarras, palanganas, cosas doradas, un tipo de mercadería que hoy se trabaja mucho menos”.
La unión hace a la fuerza
La Asociación de Anticuarios y Amigos de San Telmo se fundó en marzo del 2000. “Esperamos 30 años para juntarnos”, bromea Maugeri. Poco a poco la organización logró integrar a otros sectores como las tanguerías, las artesanías y la restauración de objetos. Hoy tiene registradas 80 especialidades y lleva adelante una serie de actividades para promocionar y difundir el sector. En colaboración con la consultora Pichón Riviere y Días Bobillo organiza la exposición internacional de arte y antigüedades Anticuaria, que en noviembre del año pasado cumplió su secta edición. Además, imprime una guía anual para que los socios entreguen a sus clientes, en la que incluyen detalles del perfil de cada uno.
Otro activo polo que busca dar a conocer el mundo de las antigüedades es la Asociación Amigos del Museo Nacional de Arte Decorativo, que tomó la posta en la organización de la Feria de Anticuarios que históricamente organizó la Asociación de Amigos del Museo de Bellas Artes en el Hotel Alvear de Buenos Aires. La edición 2005 de esta otra feria se hizo durante el mes de setiembre en el Palais de Glace y la próxima está proyectada para el 2007. Una de sus características es que sólo participan aquellos anticuarios invitados por un comité de expertos designado por la Asociación. De esta forma, en los últimos años la actividad se nutrió de dos eventos anuales de importancia internacional.
Si bien para todo anticuario las ferias y exposiciones implican un esfuerzo logístico importante, existe amplia coincidencia sobre sus beneficios. “Son representativas de nuestro tiempo –dice Alberto De Caro-, muy útiles para el público porque es difícil que alguien pueda ver 40 o 50 anticuarios en un solo día”.
Otro de los servicios de estas organizaciones es agilizar el acceso de sus socios a Internet, una herramienta que en la última época cambió profundamente el trabajo de los anticuarios. Por un lado, el acceso a información para estar actualizado o hacer interconsultas ante alguna duda: “estás conectado con el mundo –dice De Caro-, podés entrar a la colección del Louvre en menos de cinco minutos”. Y por otro, como plataforma comercial. “Lo llamamos la vidriera virtual –dice Maugeri-. Difícilmente se realice una venta porque las antigüedades hay que verlas, pero cada vez más las personas hacen la búsqueda y la preseleccción on-line y después visitan los negocios puntualmente”.
La gente de San Telmo implementó una página con mini sitios internos que permite a los socios colocar fotos y descripciones bilingües de sus productos. “Estamos primeros en Google”, dice Maugeri con orgullo. Lograr que justamente los anticuarios se animen a tomar las riendas de una computadora no fue fácil, pero algunos ya se compraron una cámara digital. “Sé que fotografiar una lámpara no es fácil –dice-, pero los más exquisitos contratarán un fotógrafo”.
Entre los anticuarios hay un sentimiento común, ajeno a las diferencias entre los barrios y los estilos, que es el de la pasión por entender el misterio de los objetos, la expectativa de algún día encontrar un lote maravilloso en un desván y el ambiguo sentimiento de vacío y felicidad que sienten cuando venden una pieza que recaló varios meses en el local. Lo dicen todos: el oficio requiere sensibilidad y conocimiento.
“Algunos creen que los objetos tienen una dosis de vida propia y tienden a quedarse o a irse de local”, dice Maugeri. “A veces los negocios son tan lentos que te dan tiempo a encariñarte –explica De Caro-. Cuando uno selecciona con cuidado lo que admite en su colección deposita mucho en cada pieza, a la que quizá persiguió durante dos o tres años. Al mismo tiempo nos gusta saber que el comprador la va a cuidar y a ent0ender”. Jorge Cifré se define a si mismo como un coleccionista pobre. “Si fuéramos ricos no seríamos anticuarios, seríamos coleccionistas, precisamente porque no tenemos los medios para tener todo esto en casa. El peor error de un anticuario es creerse su propio cliente”.
Nicolás Falcioni.
miércoles, noviembre 22, 2006
Ley antitabaco. Los humos del vecino

El cigarrillo es como el peronismo, tiene el poder de enfrentar a los argentinos, de dividirlos irremediablemente a uno y otro lado de una línea tajante. Aunque uno podría pensar que el umbral del tabaco tiene más sentido práctico, al menos existen los fumadores y los no fumadores de carne y hueso mientras, a esta altura, el peronismo es un montón de íconos sonrientes y nostálgicos. Como el traslado de los restos del General, la Ley Antitabaco (la Nº 1799) vino a encender viejas contiendas. Lo que estaba en el aire de pronto se materializó. El campo de juego no fue la quinta de San Vicente sino los bares y restaurantes porteños. Ahora tenemos a los talibanes de la pureza saltando de gratitud por un lado, y por otro a los fumadores proscriptos, sintiéndose discriminados (con los peligros que eso implica).
Porque prohibición de fumar hay en muchos lugares desde hace años. Para los empleados de IBM y de otras multinacionales, libres de humo por orden directa de sus casas matrices, la medida no causó gran sorpresa, están hechos a la idea, adquirieron la práctica de “salir” a fumar en patios y pasillos. La polémica fue su aplicación generalizada a lugares “públicos y privados de acceso al público”, junto a la decisión del Gobierno porteño de llevar adelante la medida hasta las últimas consecuencias.
Es obvio pero vale recordar que de un lado se parapetaron los antitabaquistas defensores de la salud, la gran mayoría de los no fumadores, algunos fumadores que vieron la oportunidad de recibir una ayuda grupal para dejar el vicio y el Gobierno. Del otro, y a cara de perro, la industria toda de la restauración porteña que vio amenazados sus ingresos, y los fumadores conformes con su adicción, dispuestos a morir unos años antes sin problemas de conciencia. En medio, el periodismo voraz a la caza de escenas patéticas de enfrentamientos, por ejemplo, entre una señora que quiere prender su Marlboro y el mozo que se ve obligado lo impedírselo.
El tema excedió la escaramuza gastronómica, que sin duda fue lo más visible. El verdadero núcleo de la polémica apuntó a cuestiones de principios, derechos y libertades. El cigarrillo es muy popular, pero podría haber sido el tema de sacarse los mocos o el de besarse en la boca en público. El humo pasó a segundo plano. La cuestión para algunos es si con la pancarta de preservar la salud la Ley no termina inmiscuyéndose en la vida privada. Alentar a los que no fuman y fomentar la imagen prestigiosa del aire puro es una actitud políticamente correcta de la que es relativamente fácil sacar provecho.
Vamos a lo jurídico en el marco gastronómico. La persona que fuma sabe que se autoflagela pero no deja el cigarrillo porque es un vicio o porque no quiere abandonar el placer que le da. La decisión de maltratarse es su derecho reconocido por la Constitución, complementado por el de hacer lo que las normas no prohíben (Art. 19). El tema es cuando el círculo del humo expandiéndose hacia la mesa vecina pisa el círculo invisible del derecho de otro (comensal en este caso) no fumador dispuesto a ejercer su derecho de comer sin humo, o más pomposamente llamado “derecho a la salud”. ¿Cómo compatibilizar en tiempo y espacio el ejercicio simultáneo de ambos? Para la Ley, el ejercicio de un derecho es abusivo cuando perjudica a los demás.
Previsiblemente, en la Legislatura el proyecto de Paula Bertol (PRO) no encontró trabas, para cualquier diputado es difícil oponerse a la corrección cívica del antitabaquismo. El Gobierno dijo que lo haría cumplir bajo la convicción de que ayudaría a mucha gente a dejar el cigarrillo. Y envió 250 inspectores a la calle.
La Ley es similar a la que ya corre en las ciudades de Córdoba y Rosario: prohíbe fumar en lugares de acceso público de menos de 100 m2, sin contar cocinas ni baños. Además, este espacio para fumar debe estar aislado, no ser una zona de paso y estar ventilado. El aluvión de reclamos de la industria no se hizo esperar. Uno de los más activos en los medios fue Luis María Peña, presidente de la Asociación de Hoteles, Restaurantes, Confiterías y Cafés de Buenos Aires (AHRCC), quien salió a denunciar que reformar un local como lo exige la normativa no baja de los 50 mil pesos, incluidos los equipos de extracción que es necesario instalar. “Más del 90% de nuestros asociados van a abrir como no fumadores –dijo-, y en el medio se van a ir muchos clientes". Vaticinó pérdidas de alrededor del 25%.
Los gastronómicos dicen que el 75% de sus clientes fuman mientras las estadísticas oficiales muestran que sólo el 40% de los argentinos son fumadores. Según la hoy diputada nacional Paula Bertol el cigarrillo mata a unas 40 mil personas por año, 6.000 son fumadores pasivos. La AHRCC pidió que se permitan establecimientos sólo para fumadores, y puso el caso de España. Pero desde el Gobierno le respondieron que de esa forma todos se convertirían en fumadores, lo cual apuntaló el argumento de que la medida tiene un impacto fuerte sobre los ingresos del sector.
Algunos aprovecharon para estrategias de contramarketing. En los shoppings Alto Palermo, Paseo Alcorta, Buenos Aires Design, Patio Bullrich y Abasto anunciaron pronto van a instalar smoking points como los que existen en muchos aeropuertos del mundo. Carrefour y Norte prohíben fumar del otro lado de la línea de cajas. La cadena de cafeterías Aroma lanzó una campaña asociando la abstinencia con la vida natural que promocionan sus sandwichs.
Las multa para quienes no hagan respetar la prohibición van de los 500 a los 4.000 pesos, y entre 250 y 1.000 para los locales que no informen de su existencia. Si el cliente se niega a apagar el cigarillo, el dueño o encargado puede llamar a la Policía y ejercer así el derecho de admisión en su local. Los encargados Único Bar (en Honduras y Fitz Roy) y Kilkenny (en Marcelo T. de Alvear y Reconquista) presentaron reclamos en la Justicia para desligarse la responsabilidad de que nadie fume. "Nosotros no somos policías", le dijo el dueño del Kilkenny a la televisión.
Otros lugares se quejan de que las exigencias de la Ley son incompatibles con el tipo de actividad, o incluso con otras leyes vigentes. Por ejemplo el caso de los bingos, que no pueden hacer la separación porque habría gente que no llegaría a ver el bolillero. Además, en muchos casos las inspecciones de Bomberos impiden mantener lugares cerrados. Por otro lado, para un local gastronómico buena parte del valor agregado de su servicio está en la disposición del espacio, y el sólo hecho de dividirlo o compartimentarlo afecta esa ecuación.
Los primeros calorcitos de la primavera llegaron a tiempo para apaciguar un poco la presión que el bloque de la restauración había empezado a ejercer sobre la Ley Antitabaco. El primer traspié fuerte lo tuvo el bando del aire puro contra el Bingo de Caballito, a cuyos clientes el juez porteño Juan Cataldo permitió seguir fumando en tanto y en cuanto el Gobierno no reglamente como es debido la Ley. Justo cuando otros jueces empezaban a dar lugar a los reclamos el clima permitió sacar mesas a la vereda.
Entonces la polémica se mudó a la intemperie también, porque la colocación de mesas en la vereda requiere una autorización particular (por ocupación del espacio público), y un canon semestral que según la zona (Buenos Aires está dividida en tres) es de entre 36 pesos y 176 pesos por mesa. En un primer momento el Gobierno exigió su cumplimiento a rajatabla. Hasta que en la Legislatura porteña se presentaron varios proyectos que propician eximir a los bares y restaurantes del impuesto por colocar mesas y sillas en las veredas.
Además, algunos grupos de legisladores acusaron al Gobierno de ocuparse sólo de las prohibiciones y las multas, pasándose por alto una extensa campaña de concientización incluida en la Ley. Todo esto ocurrió ante el temor del costo político que podría ocasionar una ola de despidos masivos de trabajadores en el sector gastronómico, y ante la comprobación de que el impacto en los ingresos no eran cuentos de cocinero. Realmente una parte de la gente dejó de asistir a los locales.
A juzgar por el nivel de conflictividad, en empresas y oficinas la cosa fue más llevadera. Las propias compañías empezaron a evaluar las ventajas de liberarse del humo. Un estudio estadounidense, por ejemplo, indica que un fumador le cuesta al empleador entre 2.000 y 5.000 dólares al año por gastos de seguro y ausentismo. Empezó a haber conciencia de que proteger la salud es positivo para la imagen de una empresa. El simple hecho de cuidar de los empleados da idea de calidad.
Pronto la cuestión se concentró en el territorio gastronómico. En bares y restaurantes, y aún desde el “exilio”, los fumadores daban la pelea. La ciudad parecía atentar contra uno de sus íconos históricos. Para muchos el café sin cigarrillos no es verdadero café. Y ni hablar de la sobremesa. Fumar es percibido como una parte inseparable de la experiencia global de placer, la culminación del plato.
En medio de la controversia porteña una noticia vino a ponerle sal y pimienta. Y llegó desde afuera. Con bombos y platillos un holding alemán anunció la inminente inauguración (el 26 de marzo de 2007) de Smintair (Smoker International Airways, Líneas Aéreas para Fumadores), primera aerolínea cuya razón de ser es que permitirá fumar a bordo. Mientras en Buenos Aires se debate el futuro del cigarrillo en público, el empresario alemán Alexander Schoppmann —ideólogo de Smintair y ex agente de bolsa— pretende devolver al transporte aéreo el encanto de volar, con banquetes diseñados por chefs de renombre mundial. Y uno de sus caballos de batalla es, precisamente, el humo inundándolo todo.
Tal vez haya que subdividir a los fumadores en dos grupos, a su vez. Los adictos a la nicotina, y aquellos para quienes el tabaco es el imprescindible eslabón que cierra una buena comida. El problema es que ninguno pretende encerrarse en un corral que lo aísle del mundo de los sanos incontaminados. Aún cuando entre uno y otro no haya más que dos escasos metros.
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